viernes, 15 de abril de 2011

EL DEPORTE: LO BUENO, LO MALO Y LO FEO

El deporte es un instrumento que permite al ser humano, crecer, adquirir disciplina, liberar el estrés, aprender valores humanos y muchas cosas más. Sin embargo, no todo es positivo.




FOTO: ERNESTO Mc NALLY.










Cuando se habla de salud, valores humanos, autoestima, disciplina, relajación, motivación y prevención de la violencia, generalmente se alude también al concepto “deporte”.
Una amalgama de actividades de los seres humanos está vinculada con el deporte. De hecho, el deporte ha sido utilizado como agente socializador. Durante la Guerra Fría, incluso, el deporte tenía la finalidad de demostrar las aparentes virtudes del sistema capitalista y, por el otro lado, las “bondades” de la economía planificada de los países del bloque socialista.
En este contexto, el deporte no se ha librado de los vaivenes de la política y la violencia cultural. Se pueden recordar los boicots de las grandes potencias en las Olimpíadas: Estados Unidos lo hizo en 1980, en Moscú, y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas le replicó en el 84, en Los Ángeles; esto sin olvidar los actos terroristas de Munich, en 1972.
En el presente, el deporte es concebido también como una industria. Los medios de comunicación social están convencidos de ello. Grandes ligas alrededor de todo el mundo son conscientes de esto y por eso dependen, en buena parte, de la cobertura de todos los aspectos relacionados con los partidos y los atletas que en ellas participan.
En este espectro entran también las  marcas de artículos deportivos, que patrocinan a figuras reconocidas del deporte o eventos dotados de mucha publicidad. Es así como la venta de una camiseta, con el número y el nombre de un deportista, pueden generar tantos ingresos al club que lo firma, como la suma pactada para el pago del atleta; y en estos días, este salario alcanza en cualquier cantidad de casos, lo inimaginable.
Quienes controlan los hilos de la publicidad, también manejan aspectos relativos a la salud. Hoy por hoy la salud es tema de Estado. En algunas naciones del mundo, la publicidad en torno al concepto “salud” es respaldada por instituciones privadas  o estatales, tales como las ligadas al corazón, los dientes, la salud reproductiva, o la salud mental. Es aquí donde la actividad física adquiere mayor importancia, sobre todo si se trata de salud preventiva. Así, la filosofía del deporte se traduce en frases como: “Mas deporte, mejor país” o “Mente sana en cuerpo sano”.
Como se aprecia, el deporte es un concepto relacionado con determinadas áreas del quehacer humano. No es un concepto  que implique algo tan trivial como pudiera pensarse.


LO BUENO


El concepto deporte, definido  como “recreo”, “pasatiempo”, “diversión” o “ejercicio físico”, involucra relajación y salud. La salud puede concebirse, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), como el “estado   de completo bienestar físico, mental y social y no solamente la ausencia de enfermedad”.
Es que la actividad física ayuda al cuerpo a liberar toxinas, a activar el metabolismo, a frotalecer el sistema muscular, a la mejor circulación de la sangre, a prevenir enfermedades del corazón, y a la oxigenación.  Por eso, el deporte contribuye a la agilidad mental,  a la memoria, a la imagen corporal y la sensación de bienestar; además de coadyuvar a la estabilidad emocional, y al optimismo.
A todo esto,   en    el            
 Boletín   salesiano: Don Bosco en Centroamérica (BS Don Bosco en Centroamérica), de febrero de 2006, se deja ver claramente la relación que existe entre el deporte y la prevención de las enfermedades como la obesidad, la hipertensión y la diabetes mellitus.
El deporte, conforme al BS Don Bosco en Centroamérica, “aumenta la sensación de bienestar y disminuye el estrés mental. Disminuye el grado de agresividad, ira, ansiedad, angustia y depresión. Disminuye la sensación de fatiga. Da más energía y capacidad de trabajo. Aumenta la elasticidad muscular y articular. Incrementa la fuerza y resistencia de los músculos. Previene la aparición de osteoporosis. Previene el deterioro muscular producto de los años. Facilita los movimientos de la vida diaria. Contribuye a la mayor independencia de las personas mayores. Mejora el sueño”.
Sumado a esto,  el    BS Don Bosco en Centroamérica  cita  los documentos conclusivos del Concilio Vaticano II, en el que se plasma que, “los ejercicios y manifestaciones deportivas ayudan a conservar el equilibrio espiritual, incluso a establecer relaciones fraternas entre los hombres de toda condición, nación o de diferente raza”.
Igualmente, a través del deporte también se suelen fomentar la disciplina y el apego a los valores cristianos, tan requeridos en todo momento. En este sentido, las Sagradas Escrituras contienen aquella carta referida a Timoteo, por el mismo Pablo, mientras estaba en prisión, en Roma, a causa del Evangelio (2 Carta a Timoteo, Capítulo 1, 5). Pablo presiente que su partida del mundo es inminente, y abandonado por los creyentes, escribe así: “Por otra parte, ningún atleta recibe el premio si no ha luchado de acuerdo a las reglas”. Con estas palabras, el Apóstol de los Gentiles, alude al esfuerzo que debe hacer todo cristiano, para ganar la vida eterna; tarea, sumamente difícil y parecida a la del atleta, que se esfuerza por conseguir, el mejor de los premios.
Lo otro, sería lo económico. También en este orden existe cierto mérito. Se trata de la oportunidad de ganarse la vida a través de la práctica de una disciplina deportiva, como ocurre con el béisbol, el fútbol y el baloncesto. Pero aún aquí, también ronda el peligro de peder lo mucho por poco, pues: “¿De qué vale al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? (Mt 16, 20-26).


LO MALO


El deporte puede estar identificado con aspectos que opacan, no pocas veces su práctica. Por un lado están las contradicciones de los patrocinadores, y por otra, las sutilezas que emergen resultado de diversos intereses.
Es contraproducente que el deporte esté impulsado por productos o servicios que, a la luz del sol, son contraindicados para la salud o las buenas costumbres. Se da el caso con cierta frecuencia, cunado lo que se promociona es un vicio o la disposición de una conducta inapropiada o indecente.
Cuánta vulgaridad en los comentarios de locutores, o cuánto doble sentido en una frase. También, diversos medios de comunicación social intervienen en esto; son, por así decirlo, cómplices de la proyección de pasiones desordenadas, que en nada contribuyen a la reproducción de modelos de conducta, acordes con la moral. Aquí cabe recordar la Teoría del Aprendizaje Social, de los autores Badura y Walters, que se resume en esta línea: el ser humano aprende lo que la sociedad le transmite.
Lo demás tiene relación con el orden de las cosas. ¿Qué es primero, el deporte o Dios? La respuesta lógica no parece serlo cuando se analiza la programación de las televisoras y radioemisoras, o el espacio que le dedican los mass media al Evangelio; y es más la expectativa que despierta la publicidad, respecto a un encuentro de “copa” o “súper copa”, que el entusiasmo levantado para la Palabra de Dios. La situación es tal, que el “día del Señor” ha sido sustituido en la programación de diversos medios de comunicación social, y no en pocas oportunidades podría señalársele - por desgracia -, como “el día del fútbol”.
La realidad no es nada nueva, Pío XII, el 10 de noviembre de 1951, manifestó a la Asociación Internacional de Prensa Deportiva que, “lo mismo que no debe serlo el cuidado del cuerpo en general, el deporte no debe ser un fin en sí, no debe degenerar en culto de la materia. Está al servicio del hombre entero; debe pues, lejos de impedir su perfeccionamiento espiritual y moral, promoverlo, ayudarlo y favorecerlo…En cuanto a la actividad profesional, trabajo intelectual, trabajo manual, el deporte tiene por fin procurar una relajación para permitir volver a la tarea con vigor renovado de voluntad y con los resortes reparados. Sería un contrasentido, y a la larga resultaría víctima del bien común, si, contra toda razón, el deporte viniese a ocupar el primer lugar en las ocupaciones personales, de forma que el ejercicio de la profesión o del oficio terminase por dar la impresión de una desdeñada interrupción en el negocio principal de la vida”.
En este sentido, Pío XII recuerda las palabras del apóstol San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios: "¿No han aprendido nada en el estadio? Muchos corren, pero uno solo gana el premio. Corran, pues, de manera que lo consigan, como los atletas que se imponen un régimen muy estricto. Solamente que aquellos lo hacen por una corona de laureles perecederos, mientras que nosotros, por una corona que no se marchita. Así, pues, corro yo, sabiendo a donde voy. Doy golpes, pero no en el vacío. Castigo mi cuerpo y lo someto, no sea que después de predicar a los otros, venga a ser eliminado” (1 Cor 9, 24-26).
Después de 8 años del discurso de Pío XII, Juan XXIII, el 2 de abril de 1960, se dirige nuevamente a la Asociación Internacional de Prensa Deportiva, y reconoce – al igual que su predecesor -, la importancia del deporte, pero además exhorta a la prensa, a guardar un equilibrio; sin que la palabra impresa interfiera con la obligación del creyente, cuando se trata de la comunión con su Creador. El Papa Bueno, como se le conoció a Juan XXIII, al referirse al deporte, indicó: “Hoy innumerables masas hallan en él todos los domingos un sano esparcimiento. Muchos, por otra parte –lo reconocemos de buen grado-, logran incluir esta distracción en el día consagrado al Señor, sin por ello faltar a sus deberes religiosos. Pues es muy conforme a la ley divina que, después de haber dado a Dios lo que es de Dios, conceda el hombre también, en ese día, a su cuerpo y espíritu un legítimo descanso”.
Ciertamente, añadió Juan XXIII, a la Asociación Internacional de Prensa Deportiva: “El deporte tiene un gran valor, pero en el sitio que le corresponde, como ‘instrumento útil del desarrollo completo y armonioso de la personalidad’…Sabed, pues, mantener siempre en vuestros escritos el equilibrio conveniente en este terreno. No creéis peligrosos mitos, ni causéis exagerados entusiasmos, ni fijéis la atención en los valores físicos únicamente”.


LO FEO


Como suele suceder, la buena fruta se corrompe al pasar el tiempo. Así pasa con las disciplinas deportivas. Poco a poco la transformación social incide negativamente en ellas.
Se trata del afán de dinero, del culto por el físico perfecto; de la idolatría por la juventud. Se produce así - entre otras cosas -, un uso inapropiado de sustancias, que dentro del ámbito de las máximas organizaciones del deporte se conocen como “sustancias prohibidas”; pero la irregularidad ya no puede detenerse. Cualquier cantidad de personas las usan, ya sea para lograr impresionar físicamente, o para obtener mejores resultados en competencias, si se considera lo que manifiesta la prensa internacional.
Los esteroides son utilizados por niños, desde los 9 años, según Mattew Davis, de la BBC, en un artículo publicado por el BS Don Bosco en Centroamérica. De acuerdo con Davis, los niños de escuela secundaria en Estados Unidos son considerados como estrellas del deporte y, hasta semi-profesionales. “La presión a este nivel aumenta por la obligación de conseguir resultados y la oportunidad que brinda el deporte para conseguir becas universitarias”, añade Davis.
Luego, cuando el atleta llaga a ser profesional, la presión puede ser mayor. Los escándalos por el uso de sustancias prohibidas están a la vuelta de la esquina. Han invadido la esfera del profesionalismo, y son conocidos también en el ámbito amateur. La droga tetrahidrogestrinona (THG), un esteroide anabólico, fue identificada en California, conforme cuenta Raúl Fain Binda, de BBC Mundo, en su artículo Gargantúas del repudio moral; y era una sustancia indetectable, aparentemente, para febrero de 2006. “Muchos deportistas tienen ante las drogas la misma actitud que los hipócritas ante el millón de dólares encontrados por la calle: si están seguros de no ser descubiertos, tragan la píldora y se guardan el fajo”, revela Fain Binda.
Por otro lado, el deporte es una industria millonaria. Basta conocer los salarios de grandes figuras en el béisbol de Estados Unidos, o lo que cobran los futbolistas en Europa, en las ligas de primera división en España, Inglaterra, Italia, Francia o Alemania. Y esto, está asociado con la venta de camisetas o productos de promoción o publicidad, que casi “aturde” al público, en buena parte del mundo.
Asimismo, relacionado con el marketing y la publicidad, está el “deporte espectáculo”, que implica la transmisión de eventos deportivos por televisión, con lo que el receptor se convierte en un ser pasivo, que se detiene por horas ante la pequeña pantalla, para ver a sus clubes favoritos. Espectáculos como el Super Bowl o el  Tour de France, tienen audiencias millonarias, y una publicidad excesivamente costosa.
En cierta forma, con el “deporte espectáculo” se da lo que en la antigua Roma, con el pan y el circo. Personas alienadas, incapaces de percibir la manipulación a la que son sometidas por parte de políticos o entes comerciales; no hacen sino, el papel de masa adormecida, maleable, amoldada o fácil de controlar. La edad casi no importa. Hombres, mujeres y niños, casi no hay diferencia. Todos, “a una”, hacen de sus vidas, lo planificado por los estrategas de la comunicación de masas.

CITAS



"Pórtense como hijos de la luz, con bondad, con justicia y según la verdad".

Ef. 5, 8b-9.


"Por los caminos del mundo el divino viajero continúa haciéndose nuestro compañero".

Juan Pablo II.


¡Ay de mí si no evangelizo!

1 Cor. 9, 16.


''Ama

Sin reclamar nada, porque el amor es desinteresado.

Sin calcular desventajas, porque el amor es sacrificarse.

Sin poner condiciones, porque el amor es darse.

Sin fecha y sin espacio, porque el amor lo llena todo''.

Autor desconocido.


"El hombre ama lo que tiene, pero desconoce lo que no ama".

Ernesto B. Mc Nally C.


''Ámense los unos a los otros como yo los he amado''.

Cristo.


"Si el dinero hace mucho, la oración lo obtiene todo".

Don Bosco.


"El que confía en la Virgen nunca se verá defraudado".

Don Bosco.


"La superación no es cosa de la casualidad, representa la suma de todas nuestras acciones y del amor de Dios".

Ernesto B. Mc Nally C.

LIBROS RECOMENDADOS

  • DOCUMENTO CONCLUSIVO: APARECIDA. AUTOR (A): CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE.
  • LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA, UN COMPROMISO PARA EL LAICO. AUTOR (A): EGLÉE ISAVA.
  • LA VIOLENCIA. AUTOR (A): BARTOLOMÉ SORGE

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EL SILENCIO CÓMPLICE

El silencio cómplice.
Por: Ernesto Mc Nally.

EL SILENCIO CÓMPLICE

Pareciera que las malas acciones son peores que las omisiones, pero no es así.

Una señora y su familia, algo perturbada, insultaba a los vecinos y todos los días los molestaba de alguna forma. Algunas personas de la comunidad preferían no decir ni hacer nada, hasta que el asunto un día pasó a más.
En la vida, los seres humanos realizan malas acciones, pero las omisiones, pueden ser tan graves como los actos, y en muchas ocasiones hasta peores.
De pronto, la actitud de algunos, en el caso de la señora que insultaba a sus vecinos, fue la del cómplice, la de la persona que ve las injusticias, pero no dice nada; y que prefiere guardar silencio, por no adoptar un compromiso con su fe, o no comprometerse con aquellos que sufren por las malas acciones de los demás. No es ésta una actitud cristiana.
Sucede muchas veces, como en los casos de violencia doméstica, cuando se dice: “En asuntos de marido y mujer yo no me meto”. Se da igualmente en diversas circunstancias, cuando se señala: “Ese no es mi problema”, “A mi no me importa”, “Que resuelva él” y se pasa indiferente frente a los problemas de la comunidad.
Se ve también en el campo de la política, cuando no se asume una postura responsable y se cae en una conducta que refleja aquello del “mínimo esfuerzo”. Se observa cuando la gente prefiere no hacer nada por un cambio, porque a fin de cuentas, “todos los políticos son iguales”.
Se llaman “pecados de omisión”, tan graves como los pecados que implican una acción de las personas, aunque no se noten; y son, en muchas formas, omisiones que se traducen en “el silencio cómplice”, que permite realizar sus fechorías a quienes practican el mal.


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