jueves, 27 de noviembre de 2008

“PANAMÁ VIEJA, CIUDAD DESTRUÍDA, POR CRUELES PIRATAS, QUE UN DÍA SOÑARON CON TUS TESOROS…”

PANAMÁ VIEJA, UNA DE LAS PRIMERAS CIUDADES FUNDADAS POR LOS ESPAÑOLES, EN TIERRA FIRME, Y DESTRUÍDA POR HENRY MORGAN, AÚN GUARDA LAS RIQUEZAS DEL AYER.

Fotos: Ernesto Mc Nally.








La historia de Panamá Vieja, o Panamá Viejo, está ligada con su posición geográfica y a las riquezas que circulaban por el istmo.
Se dice que los asentamientos humanos escogen para vivir, lugares revestidos de ciertos características y, la Ciudad de Panamá, no fue la excepción.
Panamá, cuyo nombre significa abundancia de peces, o guarda relación al nombre de un conocido árbol, que crece en el lugar, fue un paraje apreciado por los moradores.
Cerca de la ciudad, el alimento provenía de unas almejas, que con abundancia mantenía la naturaleza, cerca del paladar de los lugareños y, ni hablar de los peces.
Después de la decapitación de Vasco Nuñez de Balboa, en la Plaza de Acla, en enero de 1519, el gobernador de tierra firme, Pedrarias de Ávila decide fundar una nueva ciudad, y lo hace bajo la perspectiva de encontrar un sitio, accesible a la mar, y con suficiente fauna y flora, que le permitiera alimento a sus habitantes; y este lugar fue: Panamá, hoy con el adjetivo de “Viejo”.
El comercio y las riquezas provenientes del Mar del Sur  parecieron entusiasmar a otros tantos, como Francisco Pizarro, que en una tercera expedición en 1535, atrapó a Atahualpa, pidiendo un cuantioso rescate. Así, fueron las noticias de que al sur, a unas leguas, existía un lugar con abundantes riquezas en oro y plata, las que motivaron a los españoles a una incesante búsqueda. Como se dice, “el interés rompió el saco”.
El 15 de agosto del mismo año de la muerte de Balboa, el día de la celebración de la Asunción de la Virgen, se funda la ciudad, bajo el nombre de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá y; para aquel entonces, indica el autor, Carlos Manuel Gasteazoro, Pedrarias mandó a Diego de Albítez, a fundar un asiento en la vertiente del Atlántico. “Este repobló Nombre de Dios como puerto terminal en el Caribe”, añade el mencionado autor.
Las ciudades de Nombre de Dios y la de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá, estaban distanciadas por algo así como 18 leguas  y el camino era de recorrido muy difícil. Una parte había que transitarla a pie, mientras que la otra, había que navegarla por el Río Chagres.
Pronto la Ciudad de Panamá, adquirió una enorme significación, por lo del trasporte de mercadería, oro y plata, a raíz del descubrimiento del Perú, y de la consecuente colonización.
RUINAS DE PANAMÁ LA VIEJA
Al menos seis conventos, uno de monjas y los otros de religiosos, tenían sus sedes en la otrora Ciudad de Panamá. Las ruinas del Convento de San José, del Convento de Santo Domingo, del Convento de San Francisco, del Convento de la Merced y de la Compañía de Jesús, todavía se levantan en Panamá Viejo.
El Convento de las Monjas de la Concepción es un caso especial. Se dedicaban ellas a lo espiritual, pero, para ganarse la vida, hacían toda clase de labores relacionadas con la costura.
También estaban allí los genoveses, ya que el tráfico de esclavos era una actividad lucrativa y permitida. La estructura de la Casa de Esclavos, o Mercado de Esclavos, aún se encuentra, un tanto apartada de la Vía Cincuentenario, que cruza la antigua ciudad, de comienzo a fin.
Existían, además: una cárcel, el Hospital de San Juan de Dios, la casa del Cabildo, la casa del Obispo, la Santa Iglesia Catedral, las Casas Reales, la Ermita San Cristóbal y dos puentes: Puente del Rey (al norte) y el Puente del Matadero (al oeste).
Se puede decir que la ciudad era próspera. Pasaban muchos ríos por las cercanías, y se cuenta que los españoles que vivían en ella, eran muchos mercaderes. En las afueras, tenían sus fincas, en donde sembraban plátanos, guayabas, piñas, naranjos, aguacates y otras clases de frutos; de los cuales, algunos eran de España.
El maíz, era también muy apreciado, pero la harina la traían de España; y una vez conquistado Perú, de este país sudamericano. No está de más de más, decir que en los ríos había harto pescado, y como ya se dijo, las almejas eran abundantes; extraídas de entre la arena, cercana a las casas, por ser lugar costeño. De tal forma, había cierta seguridad, de no pasar hambre.
La población autóctona era muy escasa, relatan los entendidos, que por aquello de los malos tratos que recibieron de los españoles, aunado a las enfermedades. Sumado a los comerciantes, habían esclavos e indígenas.
No es de extrañar que el comercio fuera grande, en este lugar y en Nombre de Dios. La mercadería llegaba a través del Chagres, proveniente de España, o del Perú, cuando se trataba de oro y plata, u otras cosas del sur.
El puerto parecía ser bueno, pero como las aguas menguaban bastante, era preferible entrar en pequeñas embarcaciones.

LA DESTRUCCIÓN

Henry Morgan no era, precisamente, un religioso. Nació probablemente en Bristol, en 1636, y era un bucanero. Fue secuestrado, según cuentan los conocedores del tema, y llevado a la isla de Barbados, lugar, del cual pasó a Jamaica. Poco después, se hizo capitán.
Entrado el siglo XVII, a España le asediaban sus rivales, otras naciones europeas, como Inglaterra, Francia y Holanda. Ya a mitad del siglo XVI, los filibusteros y bucaneros eran parte de la vida de las Antillas, en el Caribe, y mantenían estas islas como centros de operaciones; Jamaica fue una de ellas, con la victoria de Blake sobre los españoles.
A Morgan le favoreció su relación con los piratas franceses de isla Tortuga y Port Royal. Después del saqueo de Puerto Príncipe, Morgan cargó su ofensiva sobre el Castillo de Santiago de la Gloria y San Jerónimo, narra Manuel Gasteazoro.
Pero, en 1670, aproximadamente un año antes de su arribo a la Ciudad de Panamá, en el litoral Pacífico, un lugarteniente de Moragan, Joseph Bradley, junto a 500 hombres se apoderó del Castillo de San Lorenzo, en la misma boca del Río Chagres, el 7 de enero de 1671.
Existe el testimonio de un médico, que acompañó a Morgan y a su gente durante la travesía hasta la Ciudad de Panamá, fundada por Pedrarias, en 1519. Su nombre responde al de Alexander Oliver Esquelmeling.
Según el relato de Esquelmeling, los piratas llegaron a una cumbre y divisaron el Mar del Sur. Fue un momento de gran alegría para éstos, pero, al ver abundantes vacas, se precipitaron sobre ellas y las degollaron; no perdiendo, ni siquiera a algunos caballos y toros, que se encontraban cerca. Todo esto aconteció, como preámbulo a la denominada Batalla de Panamá, en la que ambos bandos, españoles y piratas, sufrieron muchas pérdidas; pero asumiendo la peor parte, las fuerzas realistas.
Esquelmeling indica, citado en la obra La historia de Panamá en sus textos, del autor Gasteazoro, que los de Morgan, “para colmo de su dicha vieron una gran cantidad de vacas que pacían tranquilamente y acto seguido procedieron a degollarlas, no perdonando siquiera algunos caballos y toros y era cosa de verlos, luego, comer con tal desesperación y gula que más parecían salvajes y caníbales que hombres europeos”.
A Morgan le urgía la información sobre la defensa de la Ciudad de Panamá. A los españoles les desfavorecía la cantidad de hombres con los que contaba Morgan, algo así como 1200 unidades; que aunque supuestamente, eran menores que la de los ibéricos, constituía una fuerza significativa.
La batalla, conforme se narra, fue bárbara; con una cantidad de bajas, que por bando, superaba los 600 hombres. Ni siquiera la estrategia de tirar unos toros salvajes les fue útil a los españoles, que ante la fiereza pirata, tuvieron que claudicar; y con ellos la Ciudad de Panamá, se aprestó a lo peor.
Así, dos escuadrones de caballería, cuatro regimientos de infantería y un número plural de indios y negros, no pudo contener a los piratas invasores; aunque de acuerdo al relato de Esquelmeling, en la ciudad, el Gobernador contaba con 400 hombres de caballería y 24 compañías de infantería; cada una de 100 hombres, además de 60 indios y algunos negros, que cuidaban a los toros salvajes.
TORRE DE LA CATEDRAL, EN PANAMÁ VIEJO
Una vez dentro de la ciudad, Morgan impartió órdenes. Una de ellas, salvar una embarcación pequeña; la otra, aunque en secreto, incendiar la ciudad. Al igual que en muchas ocasiones, el mal buscó desinformar, y se corrió la noticia de que los causantes del incendio, habían sido los españoles.
Se ha dicho, que muchas de las casas eran construidas con madera; se habla de mansiones y de ocho conventos en los que se guardaban vasos sagrados y alhajas, que fueron salvados de los piratas.
Había, además, unos establos para las mulas que cargaban con el oro y la plata provenientes, del que fuera el Imperio Inca y, unas dos mil casas de personas pudientes.
Aunque después de unas semanas, Morgan permitió la búsqueda de objetos de valor, y aquella fue bien librada; se supo que un galeón cargado de plata, también contenía los bienes más preciados de los conventos y comerciantes de Panamá, y que este navío, había escapado con suerte de los intentos de los hombres de Morgan, de acaparar semejantes riquezas.
Hoy, después de 337 años, parte de la riqueza de Panamá Viejo aún permanece allí. Se trata de la historia y de aquellos aspectos, como la arquitectura y el ordenamiento social, que son parte la cultura de los pueblos, y que sin lugar a dudas, nutren a la sociedad panameña.

CITAS



"Pórtense como hijos de la luz, con bondad, con justicia y según la verdad".

Ef. 5, 8b-9.


"Por los caminos del mundo el divino viajero continúa haciéndose nuestro compañero".

Juan Pablo II.


¡Ay de mí si no evangelizo!

1 Cor. 9, 16.


''Ama

Sin reclamar nada, porque el amor es desinteresado.

Sin calcular desventajas, porque el amor es sacrificarse.

Sin poner condiciones, porque el amor es darse.

Sin fecha y sin espacio, porque el amor lo llena todo''.

Autor desconocido.


"El hombre ama lo que tiene, pero desconoce lo que no ama".

Ernesto B. Mc Nally C.


''Ámense los unos a los otros como yo los he amado''.

Cristo.


"Si el dinero hace mucho, la oración lo obtiene todo".

Don Bosco.


"El que confía en la Virgen nunca se verá defraudado".

Don Bosco.


"La superación no es cosa de la casualidad, representa la suma de todas nuestras acciones y del amor de Dios".

Ernesto B. Mc Nally C.

LIBROS RECOMENDADOS

  • DOCUMENTO CONCLUSIVO: APARECIDA. AUTOR (A): CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE.
  • LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA, UN COMPROMISO PARA EL LAICO. AUTOR (A): EGLÉE ISAVA.
  • LA VIOLENCIA. AUTOR (A): BARTOLOMÉ SORGE

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EL SILENCIO CÓMPLICE

El silencio cómplice.
Por: Ernesto Mc Nally.

EL SILENCIO CÓMPLICE

Pareciera que las malas acciones son peores que las omisiones, pero no es así.

Una señora y su familia, algo perturbada, insultaba a los vecinos y todos los días los molestaba de alguna forma. Algunas personas de la comunidad preferían no decir ni hacer nada, hasta que el asunto un día pasó a más.
En la vida, los seres humanos realizan malas acciones, pero las omisiones, pueden ser tan graves como los actos, y en muchas ocasiones hasta peores.
De pronto, la actitud de algunos, en el caso de la señora que insultaba a sus vecinos, fue la del cómplice, la de la persona que ve las injusticias, pero no dice nada; y que prefiere guardar silencio, por no adoptar un compromiso con su fe, o no comprometerse con aquellos que sufren por las malas acciones de los demás. No es ésta una actitud cristiana.
Sucede muchas veces, como en los casos de violencia doméstica, cuando se dice: “En asuntos de marido y mujer yo no me meto”. Se da igualmente en diversas circunstancias, cuando se señala: “Ese no es mi problema”, “A mi no me importa”, “Que resuelva él” y se pasa indiferente frente a los problemas de la comunidad.
Se ve también en el campo de la política, cuando no se asume una postura responsable y se cae en una conducta que refleja aquello del “mínimo esfuerzo”. Se observa cuando la gente prefiere no hacer nada por un cambio, porque a fin de cuentas, “todos los políticos son iguales”.
Se llaman “pecados de omisión”, tan graves como los pecados que implican una acción de las personas, aunque no se noten; y son, en muchas formas, omisiones que se traducen en “el silencio cómplice”, que permite realizar sus fechorías a quienes practican el mal.


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